TESTIMONIOS
ARQUELOGICOS PREHISPANICOS. ZONAS ARQUEOLOGICAS
Cantona
Dentro de las zonas arqueológicas más importantes pero menos conocidas del
Altiplano central está la de Cantona, a la que se llega por la carretera
federal 129 que pasa por Libres. De ahí hay que llegar a Tepeyahualco para
tomar el camino a Cantona, ubicada a unos 115 kilómetros de la capital del
estado.
El rescate de esta urbe prehispánica, de gran complejidad arquitectónica,
es uno de los 14 proyectos especiales de investigación arqueológica que hay
actualmente en México. Se trata de una megalópolis del centro norte de la
cuenca de Oriental, ubicada en un "mal país" o zona de escasa
vegetación, que comprende un espacio de 11 a 12 kilómetros cuadrados, muy denso
en vestigios materiales, cuya importancia provino de su papel de ciudad-puente
entre el Golfo-sur y el Altiplano central. En su ubicación estratégica sobre la
ruta comercial y de intercambio cultural entre los pueblos de la costa oriente
y los de las tierras altas del centro, se halló en efecto el origen de su
fortuna. Hoy se sabe con certeza que su apogeo se produjo entre el Clásico
Tardío y el Posclásico Temprano; es decir, entre el siglo VII y el siglo X. Hay
en ella de tres a cinco mil patios y 15 mil estructuras arquitectónicas.
Tenía un amplio y elaborado sistema de comunicación, con calzadas elevadas y
numerosos callejones, pasillos, escalinatas y rampas. Poseía además una
intrincada red de patios delimitados por muros perimetrales, casi todos dentro
de otras estructuras arquitectónicas. Se han descubierto restos de altares,
pirámides y aposentos, lo mismo que 22 juegos de pelota. En ningún otro
asentamiento prehispánico de México se han encontrado hasta ahora tantos de
estos juegos como en Cantona. De la existencia de esta urbe se supo a fines del
siglo XVIII, cuando se le mencionó en las Gacetas del sabio mexicano José
Antonio Alzate; no obstante se considera al francés Henri de Saussure como su
descubridor formal, en 1855. Estudios cada vez más serios comenzaron a
realizarse desde la década de 1930, pero fue hasta 1993 cuando se inició un
proyecto de rescate.
Dada la monumentalidad de Cantona, por el momento sólo se halla habilitada una
parte representativa del asentamiento, a partir de la cual el visitante tiene
una visión de lo que fue esta gran urbe. El circuito de visita incluye calzadas
elevadas, áreas habitacionales, plazas, patios y plataformas, así como tres
juegos de pelota, dos pirámides y un temazcal. Aunque esta zona sólo representa
el dos por ciento de la superficie de Cantona, la extensión del recorrido es de
tres kilómetros.
En el territorio del estado, la sierra norte luce como un enorme jade de
reflejos fulgurantes. Hay tanto por conocer y admirar que resulta imperioso
hacer al menos un recorrido por el levante y otro por el poniente. El primero
forma nuestra séptima ruta y se bifurca en dos direcciones: una que comienza en
la ciudad de Zacapoaxtla y atraviesa la célebre y pintoresca villa de
Cuetzalan, para terminar en la zona arqueológica de Yohualichan, el mayor
vestigio de la cultura totonaca en tierras poblanas.
La segunda dirección se abre paso hasta el extremo oriente, cerca de los
límites con Veracruz. Se inicia en la sosegada ciudad de Tlatlauqui y se desvía
hacia la hermosa presa de La Soledad y el pueblo de Mazatepec. Retornando el
camino sigue por la risueña población de Chignautla y concluye en Teziutlán, la
urbe más relevante de esta porción del estado. Inmersos en las fragosidades de
la Sierra Madre Oriental, los puntos de esta ruta comparten un paisaje de
infinita belleza, formado por nutridos bosques, cascadas cristalinas, umbrías
cavernas, profundos barrancos y altivos riscos, envueltos todos en una
atmósfera mágica, impregnada del olor de las mejores tradiciones, patentes en
las fiestas, las danzas, los atuendos y la sabrosa comida regional. Si a ello se
agrega el comedimiento y hospitalidad de los lugareños, se tendrá completo el
abanico de razones que existen para visitar esta región del norte poblano.
CHOLULA
Aunque las iglesias de
Cholula llaman mucho la atención, el influjo de su pirámide es a todas luces
mayor. No falta en ello razón, pues se trata de uno de los monumentos más
grandes de la humanidad, formado por varias pirámides que se fueron
superponiendo en seis siglos hasta convertirlo, hacia el siglo IV, en un
basamento de 450 metros por lado con una altura de 65: dos veces mayor que la
pirámide del Keops en Egipto.
Dedicada a Chiconahui Quiáhuitl, un dios de
la lluvia, la pirámide ya estaba oculta cuando Cortés llegó a Cholula. Era
usual que cada nueva generación, tal vez marcada por el inicio de un ciclo
solar, hiciera una nueva pirámide sobre la anterior, cubriéndose ésta con
adobe. De tal costumbre vino a la ciudad -fundada en el siglo V a.C. por olmecas-xicalancas-
su nombre primitivo de Tlachihualtépetl ("cerro hecho a mano").
Huyendo de la barbarie chichimeca, hasta ahí llegaron en el siglo XII los
toltecas, y hallaron no sólo un refugio sino un sitio de reflorecimiento, cuya
hegemonía conquistaron pacíficamente, a fines del siglo XIII. Cholollan, o
"lugar de los que huyeron", fue el nuevo vocablo con que se designó a
la urbe, en la que muy rápido prendió el culto a Quetzalcóatl, cuyo templo se
erigió muy cerca del cerro bajo el cual yacía la pirámide.
Aunque los españoles se percataron de lo que había en las entrañas de aquel
montículo, la empresa de acabar con una obra de siglos se reveló superior a sus
fuerzas. Se contentaron así con edificar encima una iglesia, que en 1594 ya
estaba dedicada a la Virgen de los Remedios. Reconstruida entre 1864 y 1874,
tras un terremoto, es la iglesia que hoy vemos desde lejos, blanca y airosa,
con sus altas torres y sus cúpulas esmaltadas.
En 1931, la pirámide comenzó a explotarse por el arquitecto Ignacio Marquina;
después de 25 años se perforaron ocho kilómetros de túneles y se descubrieron
siete pirámides superpuestas. En la segunda se halló el Mural de las Mariposas.
En un edificio anexo se encontró el Mural de los Bebedores (56 x 2 metros), con
más de cien figuras antropomorfas que escenifican una ceremonia en honor de
Octli, el dios del pulque. En el museo de sitio se pueden ver las réplicas de
ambos murales y una maqueta del conjunto piramidal, incluyendo el patio donde
hay tres altares de mármol, uno de ellos horizontal, de diez toneladas y una
sola pieza, con la serpiente emplumada en su orilla, señal de ser obra tolteca
y de haberse dedicado a Quetzalcóatl.
Xiutetelco
De Teziutlán se toma la carretera
131, con rumbo a Atzala y Altotonga, va del estado de Veracruz, encontrando en
los límites estatales la población de San Juan Xiutetelco, muy pequeña y sin
servicios de ninguna clase, lo que no importa tanto, puesto que está muy cerca
de la ciudad. El atractivo de este pueblo es que está asentado sobre una enorme
zona arqueológica. Los basamentos piramidales, ahora cubiertos por la
vegetación, muestran todavía los cuerpos arquitectónicos que los componían. En
la cima de uno de ellos está la torre de la iglesia, como si los clérigos
quisieran demostrar el triunfo de su religión sobre la anterior.
Xiutetelco significa: "En el Montículo del Dios del Fuego", o:
"En el Montículo del Señor del Año", ya que el dios Xiuhtecuhtli, era
al mismo tiempo el dios viejo, el que había inventado el fuego y quien regía el
calendario. A él debió estar consagrado el pueblo prehispánico, originalmente
totonaco, pero dominado por los nahuas.
Las estructuras datan de la etapa próxima a la conquista, alrededor del siglo
XV. Encima de uno de los basamentos más
altos está una capillita la Virgen de Guadalupe, desde la cual se domina toda
la población. Existe un museo muy simbólico, con una colección de piezas
arqueológicas, algunas de ellas excepcionales.
Lamentablemente, a pesar de las
recomendaciones oficiales, la gente sigue construyendo, con muy mal gusto,
sobre esas piramides tan notables. Con
un poco de imaginación, se puede reconstruir mentalmente el centro ceremonial
que debió ser espectacular, al menos con seis basamentos muy altos, de cuerpos
escalonados, grandes rampas o escaleras y coronados por los teocallis. Todo con
recubrimiento pintado de vivos colores. Conjunto que debió contemplarse desde
muy lejos, en el asiento de Tezcatlipoca, donde ahora campea por sus respetos
el "Señor de Altotonga".
Yohualichan
Este antiguo centro ceremonial de la cultura totonaca se localiza al noreste de
Cuetzalan, a 190 kilómetros de la capital del estado. Se cree que fue fundado a
inicios del periodo Clásico (0 a 900 d.C.) y que ante la invasión de grupos
belicosos de lengua náhuatl comenzó a ser abandonado desde la mitad del
Posclásico (900 a 1519 d.C.).
Yohualichan significa "lugar de la noche". Sus ruinas constan de una
plaza rectangular, alrededor de la cual hay cinco montículos o pirámides con
distinto número de basamentos y vestigios de templos en sus cimas. Aunque no
todos los montículos se han excavado, se aprecia con claridad una unidad de
estilo, primordialmente dada por los nichos que horadan los basamentos
piramidales. En el sitio hay también un juego de pelota, cuya existencia se
explica por el hecho de que, para nuestros antepasados, era este juego uno de
sus principales ritos, ya que al golpear la pelota los participantes intentaban
reproducir el viaje de los astros por el cielo.
Estas ruinas recuerdan mucho a la ciudad prehispánica de El Tajín, Veracruz, que se halla a sólo 60
kilómetros, en línea recta. Y es que los nichos de los basamentos y las grecas
que decoran el talud de la pirámide mayor de Yohualichan, también existen en
esa ciudad sagrada. Puesto que ambos sitios pertenecieron a la cultura
totonaca, es de suponerse que sus relaciones fueran estrechas, a través de
rutas prehispánicas de las que algunos rastros quedan. En este sentido,
Yohualichan es interesante porque comprueba la antiquísima presencia de grupos
de la costa en la región de la sierra nororiental de Puebla.
Tepapayeca
Por la carretera que de Izúcar conduce a Cuautla está la entrada al antiguo
Tepapayeca, "lugar bueno y sereno", ubicado a 76 kilómetros de la
ciudad de Puebla. Con sus huertos familiares de árboles frutales delimitados
por chaparras bardas de piedra bola, este apacible pueblo cuenta con un sitio
arqueológico llamado Tlapanalá y un pequeño monasterio del siglo XVI.
La zona arqueológica apenas comienza a explotarse. Por ahora se observan sólo
dos basamentos, pues varios otros permanecen bajo las casas actuales del
poblado. Dos cuerpos que se hallaban encima de lo que hoy se aprecia y el
templo prehispánico que coronaba el conjunto fueron demolidos en el siglo XVI.
Las piedras se utilizaron en la construcción de nuevos edificios, como el
monasterio levantado a finales de la misma centuria.
Cercano al sitio arqueológico, el monasterio está formado por la iglesia de La
Candelaria y lo que queda de su convento: el bello y florido patio del
claustro, con sus arcadas de medio punto sostenidas por columnas de fuste liso
y capiteles de volutas simples. De la misma forma que el ex convento de Izúcar,
el de Tepapayeca fue obra de frailes dominicos; es por eso que la arquería del
claustro ostenta el escudo de esa orden.
Tepexi
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Tepexi el Viejo
fungió como cabecera de uno de los señoríos popolacas más importantes que
controlaron el sur de lo que ahora es el estado de Puebla durante el
periodo Postclásico (1200-1500 d.C.), este pueblo mantuvo estrecho
contacto con Teotihuacan, pues fueron los popolacas los productores
de la cerámica "anaranjado delgado" que era comercializada por
la gran urbe.
Esta
fortificación presenta cinco áreas, sobre los que se emplazan las
plataformas, montículos piramidales, zonas residenciales, atalayas y
tumbas. En cada una, será posible encontrar áreas ceremoniales donde se
encuentra el montículo piramidal más importante en el centro, y otro más
pequeño en el extremo oeste. Al noroeste de este sitio se caracteriza por
sus construcciones residenciales, de las cuales aunque quedan restos de
cimientos y partes de los muros se combina el sistema de cuartos con
patios y accesos en forma de "L". Fuera del recinto amurallado,
al norte, se encuentra un aljiba, el cual se supone que mediante un
sistema de drenaje en las plazas, se recolectaba el agua de lluvia.
La fortaleza
tiene solo un acceso natural hacia el sur. Fuera del recinto amurallado,
a unos seis kilómetros, aún se encuentran restos de cinco pequeños
asentamientos relacionados con el principal, a los cuales se les conoce
como subsidios; uno de estos subsidios corresponde a la faja de un
terreno al oeste de la muralla, donde el cerro desciende y se le conoce
como La Península; se trata de una zona habitacional donde abundan los
restos cerámicos.
Dos sitios mas
quedan al sur, junto al acceso natural al sitio: uno de ellos solo
presenta restos cerámicos, muy erosionados por ser campo de cultivo
moderno; el otro presenta construcciones aún de pie, erigidas con el
mismo sistema que las del recinto amurallado.
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El sitio se localiza al sureste de la
ciudad de Puebla, capital del estado del mismo nombre. Su acceso es por la
carretera federal número 150, la cual se dirige a Tepeaca; nueve kilómetros
después se toma la desviación que lleva a Tepexi de Rodríguez; dos kilómetros
adelante, al pasar la ranchería Moralillo, parte una brecha que lleva al sitio.